Arcilla: el
poder de la tierra para cuidar nuestra piel y nuestro cuerpo
Hay
ingredientes que llevan acompañándonos desde hace miles de años.
No
necesitan envases sofisticados ni fórmulas complicadas. Están en la naturaleza
y, generación tras generación, las personas han aprendido a utilizarlos para
cuidar su piel, aliviar molestias y crear pequeños rituales de bienestar.
Uno
de ellos es la arcilla.
En
mi casa siempre hay arcilla verde.
La
utilizo desde hace muchísimos años y forma parte de esos recursos sencillos a
los que recurro cuando quiero cuidar mi piel o cuando necesito preparar alguna
de las cataplasmas tradicionales que he aprendido y experimentado con el
tiempo.
Pero,
¿qué sabemos realmente sobre la arcilla?
¿Y
qué parte de todo lo que se cuenta sobre ella está respaldada por la ciencia?
Vamos
a descubrirlo.
¿Qué es exactamente la arcilla?
La arcilla no es una única sustancia.
Es
un material natural formado principalmente por minerales muy finos, cuya
composición depende de dónde procede y de los minerales que contiene.
Por
eso no todas las arcillas son iguales.
Podemos
encontrar arcilla verde, blanca, roja, bentonita, caolín, montmorillonita y
otras variedades con características diferentes.
Una
de las particularidades de estos minerales es su capacidad para adsorber
determinadas sustancias en su superficie, una propiedad que explica parte
de sus aplicaciones cosméticas y dermatológicas.
Esto
es importante porque a menudo escuchamos decir que la arcilla “absorbe
toxinas”.
Es
una forma muy extendida de explicarlo, pero conviene ser más precisos: no
debemos interpretar que una mascarilla de arcilla está extrayendo toxinas del
organismo.
Lo
que sí sabemos es que determinados tipos de arcilla pueden interactuar con
sustancias presentes en la superficie de la piel, incluida parte del exceso de
grasa.
Y
ahí comienza una de sus aplicaciones más interesantes.
Arcilla y cuidado de la piel
Una
de las formas más sencillas de utilizar la arcilla es como mascarilla.
Y
este es precisamente uno de los usos que yo hago desde hace años.
De
vez en cuando preparo una mascarilla de arcilla verde para limpiar la piel,
especialmente cuando noto más grasa, impurezas o pequeños granitos.
La
literatura científica ha estudiado diferentes tipos de arcillas utilizadas en
cosmética y dermatología por sus propiedades de adsorción, limpieza y su
posible participación en formulaciones destinadas al cuidado de la piel.
Incluso
existen estudios clínicos que han investigado el uso de mascarillas de arcilla
en personas con piel grasa o con tendencia al acné, observando cambios en
diferentes parámetros de la piel.
Esto
no significa que la arcilla sea una cura para el acné.
Pero
sí nos permite decir algo mucho más prudente y realista:
la
arcilla puede ser un ingrediente interesante dentro del cuidado cosmético de
determinadas pieles.
¿Por qué puede resultar útil para las pieles grasas?
Las
partículas minerales de determinadas arcillas pueden ayudar a retirar parte del
exceso de sebo y las impurezas presentes en la superficie de la piel.
Por
eso suelen incorporarse a productos destinados a pieles grasas o con tendencia
a la congestión.
En
este sentido, la arcilla verde que utilizo en casa puede convertirse en un
pequeño ritual de limpieza.
Pero
hay que tener cuidado con una cosa:
que
una piel sea grasa no significa que necesite quedar completamente seca.
Una
mascarilla demasiado frecuente o dejar que la arcilla se seque hasta que la
piel quede tirante puede resultar irritante para algunas personas.
El
objetivo no debería ser “arrasar” con la grasa, sino ayudar a limpiar
respetando el equilibrio de la piel.
Arcilla y granitos: una ayuda, no un tratamiento
Cuando
aparece un granito, muchas personas recurren a la arcilla.
Y
tiene sentido que se utilice dentro de una rutina cosmética para pieles grasas
o con impurezas.
Sin
embargo, es importante no confundir una mascarilla cosmética con un tratamiento
dermatológico.
La
arcilla puede ayudar a limpiar y reducir temporalmente el exceso de grasa,
pero no sustituye un tratamiento cuando existe acné persistente, inflamatorio o
importante.
Como
ocurre tantas veces en el mundo de los remedios naturales, la clave está en
encontrar el equilibrio:
utilizar
la naturaleza como aliada sin atribuirle propiedades que todavía no podemos
demostrar.
¿Y qué ocurre cuando la utilizamos
sobre el cuerpo?
Aquí
entramos en un terreno todavía más interesante.
Las
arcillas y los barros minerales se han utilizado tradicionalmente mediante
aplicaciones externas, baños y cataplasmas.
Y
algunas de estas aplicaciones también han sido estudiadas científicamente.
Existen
investigaciones sobre el uso de barro terapéutico en personas con problemas
articulares, especialmente en la rodilla, donde se han observado mejoras en
determinados parámetros relacionados con el dolor y la función.
Eso
no significa que cualquier arcilla que encontremos en casa produzca exactamente
el mismo efecto.
Pero
sí nos muestra que detrás de algunas prácticas tradicionales existe una línea
de investigación que merece la pena seguir estudiando.
Y
precisamente por eso me gusta hablar de la arcilla desde un lugar diferente:
ni
como un remedio milagroso ni como algo que debemos descartar simplemente porque
pertenece a la tradición.
Podemos
observarla, estudiarla y utilizarla con criterio.
Mi experiencia con la arcilla
La
arcilla lleva muchos años formando parte de mi vida.
No
la descubrí ayer ni la utilizo porque esté de moda.
Tengo
arcilla verde en casa prácticamente siempre.
La
utilizo para preparar mascarillas faciales cuando siento que mi piel necesita
una limpieza más profunda.
Y
también la he utilizado en otras situaciones curiosas.
Por
ejemplo, alguna vez que se me ha clavado una pequeña astilla o una “pincha” y
no he conseguido sacarla fácilmente, he recurrido a la arcilla.
En
mi experiencia, al mantenerla sobre la zona, algunas de esas pequeñas astillas
terminaban asomando y después resultaba más sencillo retirarlas.
No
puedo decir que esto esté demostrado científicamente como una propiedad de la
arcilla.
Pero
sí puedo contar lo que yo he observado durante años.
Y
para mí esa diferencia es importante.
Una
experiencia personal merece ser contada como experiencia personal, no
convertida automáticamente en una verdad médica.
La arcilla y las cataplasmas tradicionales
Otro
de los usos que más me gusta es el de las cataplasmas.
De
hecho, hace tiempo aprendí un remedio tradicional que utilizo cuando tengo
mucho dolor o sensación de inflamación en la rodilla:
arcilla
verde mezclada con vino tinto.
Preparo
una pasta, la coloco sobre la zona, la cubro con una tela y la dejo actuar
aproximadamente media hora.
A
mí me proporciona alivio y también conozco a otras personas que cuentan
experiencias similares.
Pero,
de nuevo, una cosa es decir:
“A
mí me funciona.”
Y
otra muy diferente:
“Está
demostrado que esta mezcla desinflama la articulación.”
La
segunda afirmación no podemos hacerla.
No
existen pruebas suficientes para atribuir específicamente a la combinación
casera de arcilla y vino tinto un efecto antiinflamatorio demostrado.
Y
precisamente por eso prefiero quedarme con la primera.
Con
la experiencia.
Con
la tradición.
Y
con la posibilidad de que algo sencillo pueda proporcionarnos bienestar sin
necesidad de convertirlo en una cura.
Si
quieres conocer esta preparación, puedes leer el artículo:
[Cataplasma de arcilla y vino tinto para aliviar el dolor de
las articulaciones]
No todas las arcillas son iguales
Este
punto es muy importante.
Que
algo sea natural no significa automáticamente que sea seguro para cualquier
uso.
La
composición de las arcillas puede variar dependiendo de su procedencia y, en
determinadas circunstancias, pueden contener contaminantes minerales no
deseados.
Por
eso, si vamos a utilizar arcilla sobre la piel, es preferible elegir un
producto destinado específicamente al uso cosmético o externo, de procedencia
fiable y con información clara sobre su composición.
Y
no utilizaría una arcilla de origen desconocido simplemente porque la hemos
encontrado en la naturaleza.
La
naturaleza merece respeto.
Y
también conocimiento.
¿Y se puede ingerir?
Aquí
sí quiero hacer una distinción muy clara.
Que
la arcilla se haya utilizado tradicionalmente en algunas culturas por vía oral no
significa que cualquier arcilla sea apta para consumir.
No
recomendaría ingerir arcilla por cuenta propia.
Las
arcillas pueden contener elementos potencialmente perjudiciales y la
composición puede variar considerablemente.
Por
eso, nuestro artículo se centra en el uso externo y cosmético, que es
también el que forma parte de mi experiencia personal.
Cómo utilizar una mascarilla de arcilla de forma
sencilla
Si
quieres probar una mascarilla de arcilla verde para la piel, puedes hacerlo de
una manera muy sencilla.
Coloca
una pequeña cantidad de arcilla en un recipiente limpio y añade poco a poco
agua hasta conseguir una pasta cremosa.
Puedes
extenderla sobre la piel limpia evitando el contorno de los ojos y los labios.
No
es necesario esperar a que se convierta en una capa completamente seca y
tirante.
Después
retírala con agua y, si tu piel lo necesita, aplica una hidratante suave.
Y
observa.
Observa
cómo queda tu piel.
Si
notas tirantez excesiva, irritación o sequedad, probablemente necesites
espaciar las aplicaciones o utilizar otro tipo de producto.
Porque
también esto forma parte del autocuidado:
aprender
a escuchar la respuesta de nuestra propia piel.
Lo que sabemos y lo que todavía no sabemos
Quizá
esta sea la parte que más me interesa.
La
arcilla tiene detrás una historia larguísima de utilización tradicional.
Y
también existe investigación científica sobre sus propiedades minerales, su
capacidad de adsorción, sus aplicaciones cosméticas y algunas aplicaciones
terapéuticas externas.
Pero
eso no significa que todas las propiedades que encontramos en internet estén
demostradas.
No
necesitamos exagerar sus beneficios para reconocer su valor.
Podemos
decir que:
- sí tiene
propiedades interesantes.
- sí tiene aplicaciones
cosméticas estudiadas.
- sí existen investigaciones sobre su utilización externa en
determinados problemas.
Y,
al mismo tiempo:
todavía
necesitamos más investigación para conocer exactamente qué tipos de arcilla, en
qué concentraciones y para qué aplicaciones ofrecen beneficios clínicamente
relevantes.
Y
para mí eso no le quita magia.
Al
contrario.
Hace
que podamos acercarnos a ella con curiosidad y con los pies en la tierra.
La sabiduría de la tierra también
puede ser consciente
Hay
algo que me gusta especialmente de los remedios tradicionales.
- Nos
recuerdan que nuestros antepasados observaban.
- Probaban.
- Escuchaban su cuerpo.
- Transmitían aquello que consideraban útil.
Pero
nosotros tenemos hoy una herramienta que ellos no tenían:
- la
posibilidad de investigar científicamente aquello que hemos recibido de la
tradición.
- Podemos unir ambas cosas.
- La experiencia y la evidencia.
- La sabiduría ancestral y el conocimiento actual.
- La curiosidad y el sentido común.
Y
quizá ahí encontremos una forma mucho más consciente de acercarnos a los
remedios naturales.
- No
creyendo ciegamente.
- No rechazándolo todo.
- Sino aprendiendo a preguntarnos:
- ¿Qué sé?
- ¿Qué he experimentado?
- ¿Qué dice la investigación?
Y,
sobre todo:
¿qué
necesita realmente mi cuerpo?
Porque
cuidarnos también es aprender a escuchar.
Y
algunas veces, ese cuidado puede empezar con algo tan sencillo como un poco de
tierra entre nuestras manos.
Una pequeña nota antes de utilizarla
La
arcilla destinada al uso externo no debe aplicarse sobre heridas abiertas,
quemaduras importantes o piel con una lesión que pueda empeorar con el
contacto.
Si
existe una enfermedad de la piel, una infección, una articulación muy inflamada
o un dolor persistente, la arcilla no debe sustituir una valoración sanitaria.
Y
ante cualquier reacción cutánea, se debe retirar y lavar la zona.
La
naturaleza puede acompañarnos en el cuidado, pero no necesita convertirse en
una promesa para ser valiosa.
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