El poder de las palabras: cómo lo que dices puede transformar tus relaciones
¿Alguna vez has dicho algo sin darle demasiada importancia y, después, te has dado cuenta de que esas palabras se quedaron contigo?
Una frase.
Una etiqueta.
Un “siempre haces lo mismo”.
Un “eres demasiado sensible”.
Un “no puedes”.
O quizá algo mucho más sencillo:
“Estoy bien.”Aunque por dentro no lo estés.
Las palabras forman parte de nuestra vida cotidiana. Las utilizamos para explicar, pedir, poner límites, expresar lo que sentimos, educar, discutir, consolar y relacionarnos.
Pero pocas veces nos detenemos a pensar en algo:
¿Qué estamos construyendo con las palabras que utilizamos cada día?
Porque las palabras no solo sirven para comunicarnos.
También pueden abrir puertas, cerrar posibilidades, acercarnos, alejarnos, validar, herir, acompañar o etiquetar.
Y esto adquiere una importancia especial cuando hablamos de educación y de vínculos familiares. La manera en que una persona adulta se comunica puede influir en el clima emocional de la relación y en la forma en que l@s niñ@s aprenden a expresar lo que sienten y necesitan.
El poder de una palabra puede estar en lo que provoca
Piensa en estas dos frases:
“Eres un desastre.”
“Esto no te ha salido como esperabas.”
Las dos pueden aparecer después de un error,pero no transmiten lo mismo.
La primera habla de la persona,la segunda habla de una situación.
Y ahí existe una diferencia enorme.
Cuando decimos:
“Eres egoísta.”
“Eres vago.”
“Eres malo.”
“Eres imposible.”
“Eres demasiado sensible.”
No estamos describiendo únicamente una conducta,estamos colocando una etiqueta sobre alguien.
En cambio, cuando decimos:
“Ahora mismo no quieres compartir.”
“Hoy te está costando empezar.”
“Lo que has hecho ha hecho daño.”
“Necesito que paremos y busquemos otra manera.”
Estamos poniendo el foco en lo que está ocurriendo, no en convertir ese comportamiento en una definición de quién es la persona.
El lenguaje educativo lleva años siendo objeto de reflexión precisamente por esto: las palabras que utilizamos en los espacios educativos pueden influir en la interacción, la participación, la motivación y la manera en que se construyen las relaciones.
“Soy así” también puede ser una palabra que nos limita
No solo importa cómo hablamos a l@s demás.
Importa muchísimo cómo nos hablamos a nosotr@s mism@s.
¿Cuántas veces dices?
“Yo soy así.”
“No puedo.”
“Siempre me pasa lo mismo.”
“Soy un desastre.”
“No tengo paciencia.”
“Ya no puedo más.”
“No se me da bien.”
“Esto no es para mí.”
Parece que simplemente estamos describiendo nuestra realidad.
Pero quizá algunas de esas frases llevan tanto tiempo acompañándonos que hemos dejado de cuestionarlas.
Porque no es lo mismo decir:
“Me cuesta poner límites.” que “No sé poner límites.”
“Hoy estoy desbordad@.”que:“No puedo con nada.”
“He cometido un error.”que:“Soy un desastre.”
Una frase describe lo que está pasando.La otra puede terminar definiendo quién creemos que somos.
Las palabras que escuchamos también pueden convertirse en nuestra voz interior
Durante la infancia escuchamos continuamente cómo las personas adultas importantes nos describen.
“Qué listo eres.”
“Qué torpe.”
“Siempre estás llorando.”
“Eres muy responsable.”
“Qué carácter tienes.”
“Eres un poco desastre.”
“Con lo sensible que eres…”
Y algunas de esas frases pueden quedarse contigo durante mucho tiempo.
No significa que una frase vaya a determinar por sí sola tu personalidad o tu futuro.
Pero sí sabemos que la comunicación familiar y educativa forma parte del entorno en el que l@s niñ@s aprenden a comprenderse, expresar emociones y relacionarse.
Por eso merece la pena preguntarnos:
¿Qué estoy ayudando a construir cuando hablo así?
Porque quizá un día ese niñ@ crezca y ya no necesite que nadie le diga:
“Eres demasiado sensible.”
Será suficiente con que él o ella piense:
“No debería sentir tanto.”
Y entonces la voz que un día vino de fuera puede haberse convertido en una voz interior.
No se trata de hablar siempre en positivo
El poder de las palabras no significa que tengas que convertir tu vida en una colección de frases positivas.
No necesitas decir:
“Todo es maravilloso.”cuando estás enfada@.
“Estoy feliz.”cuando estás triste.
“Todo pasa por algo.”cuando alguien está sufriendo.
La comunicación consciente no consiste en esconder las emociones desagradables detrás de palabras bonitas.
Consiste en poner palabras más conscientes a lo que realmente está ocurriendo.
Puedes decir:
“Estoy enfadad@.”
“Esto me ha dolido.”
“Ahora mismo necesito espacio.”
“No estoy de acuerdo.”
“Estoy cansad@.”
“Necesito que hablemos de esto.”
Y también puedes decir:
“Lo que has hecho no está bien, pero quiero entender qué ha pasado.”
Eso también es educación respetuosa.
Porque validar una emoción no significa permitir cualquier comportamiento.
Podemos comprender el enfado y poner un límite.
Podemos escuchar el miedo y mantener una norma.
Podemos aceptar que alguien esté triste sin intentar quitarle inmediatamente esa tristeza.
Hay palabras que conectan
A veces piensas que necesitas encontrar las palabras perfectas.
Y no. Muchas veces las palabras que más conectan son las más sencillas.
“Te escucho.”
“Estoy aquí.”
“Cuéntame.”
“Entiendo que te haya dolido.”
“¿Qué necesitas?”
“Vamos a buscar una solución.”
“Me he equivocado.”
“Lo siento.”
“Podemos intentarlo de otra manera.”
No parecen grandes frases.
Pero pueden cambiar completamente el tono de una conversación,porque detrás de ellas hay algo mucho más importante que las palabras:hay presencia.
Y también existen palabras que desconectan
“Porque lo digo yo.”
“Siempre igual.”
“Ya estás otra vez.”
“Eres imposible.”
“No llores.”
“No es para tanto.”
“Deja de hacer el tonto.”
“Qué exagerad@.”
“Si sigues así…”
Quizá muchas de estas frases te resulten familiares,Incluso puede que las hayas escuchado durante tu propia infancia,y seguramente muchas veces las has repetido sin mala intención.
Porque nadie te enseñó de otra manera.
Por eso este artículo no pretende que te juzgues por las palabras que has utilizado hasta ahora,Al contrario.
La conciencia no empieza cuando lo hacemos perfecto. Empieza cuando empezamos a darnos cuenta.
Antes de hablar, prueba a hacerte estas preguntas
La próxima vez que estés enfadad@, cansad@ o a punto de responder impulsivamente, prueba a detenerte un segundo.
Y pregúntate:
¿Estoy describiendo lo que ocurre o estoy etiquetando a la persona?
¿Estoy hablando desde la emoción del momento o desde lo que realmente quiero transmitir?
¿Esta frase abre una posibilidad o la cierra?
¿Estoy poniendo un límite o estoy atacando?
¿Le hablaría así a alguien a quien quiero?
Y hay una pregunta que me parece especialmente poderosa:
¿Qué quiero que la otra persona se lleve de mis palabras cuando esta conversación termine?
Porque quizá ese sea el verdadero poder de la palabra.
No conseguir que el otro haga lo que queremos.
No ganar una discusión.
No tener siempre razón.
Sino utilizar nuestra forma de comunicarnos para cuidar el vínculo sin dejar de expresar lo que necesitamos.
Y empieza por ti
Quizá llevas mucho tiempo pensando en cómo hablar mejor a tu hij@s.
Qué decir cuando tienen una rabieta.
Cómo poner límites.
Cómo corregir.
Cómo acompañar sus emociones.
Pero hay una pregunta anterior:
¿Cómo te hablas tú?
Porque resulta difícil enseñar a alguien a tratarse con respeto si nuestra propia voz interior está llena de exigencia.
Difícil enseñar calma mientraste dices :“Debería poder con todo.”
Difícil enseñar aceptación mientras repetes:“No me gusta cómo soy.”
Difícil enseñar a equivocarte mientras piensas :“No puedo permitirme fallar.”
Por eso, quizá el cambio no empieza en la próxima conversación con tu hij@.
Quizá empieza esta noche, cuando te encuentres frente al espejo.
Y en lugar de decirte:“Otra vez lo has hecho mal.”
pruebes con:“Hoy no lo he hecho como quería. Mañana puedo intentarlo de otra manera.”
No es una frase mágica.
Es una manera diferente de mirarte,y desde ahí puede empezar algo nuevo.
Las palabras también pueden cambiar la historia
No podemos borrar las palabras que escuchamos en el pasado.
Pero sí podemos decidir cuáles seguimos repitiendo.
Podemos dejar de decir:
“Soy así.”y empezar a preguntarnos:“¿De verdad quiero seguir siendo así?”
Podemos cambiar:“No puedo.”por:“Todavía no sé cómo.”
Podemos cambiar:“Mi hij@ es…”por:“Mi hij@ está…”
Y podemos aprender a diferenciar entre una persona y aquello que está haciendo.
Porque una conducta puede cambiar.
Una emoción puede atravesarse.
Un error puede repararse.
Un vínculo puede transformarse.
Y una palabra puede convertirse en el comienzo de ese cambio.
Quizá la próxima vez que vayas a hablar, no necesites encontrar mejores palabras.
Quizá solo necesites hacer una pequeña pausa antes de utilizarlas.
Porque cuando ponemos conciencia en nuestras palabras, empezamos a poner conciencia en nuestra manera de relacionarnos.
Y ahí comienza la verdadera conexión.
El cambio empieza por ti.
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